Publicado el 07-08-2022 / Edición Nº 36 / Año XIX

 














 MEMORIA IMPERFECTA
Non omnis moriar
 
Non omnis moriar. La sentencia horaciana alude a lo que permanece por obra de la lengua y su poder de resonancia evocativa a lo largo del tiempo. Dejemos, entonces, que aplique de adecuado prólogo a las siguientes líneas. En efecto, “No moriré del todo” se dice literariamente, esto es, desde los dominios del habla y la escritura. La lengua y su resonar: ese modo de superar la ausencia, de vencer a la muerte. Así, quien sabe que se está yendo ha de saber, también, que perdurará mientras las palabras que ha sembrado en otros repercutan incesantes en sus memorias.
 
Memoria imperfecta
 
No obstante, resulta arduo para quienes quedan transmutar en palabras lo vivido en compañía de alguien ya definitivamente ausente. Alguien que, en mi caso, fue primero el maestro y después el amigo con quien compartí innumerables horas de diálogo. Por eso elijo ‘Memoria imperfecta’ como título de estas páginas dedicadas a la evocación de Jorge Lafforgue. El adjetivo ‘imperfecta’ implica una forma inapelable de redundancia, ya que toda memoria por fuerza lo es. La anomalía radica en el intento (vano intento) de recrear mediante palabras experiencias ya sidas —ya fenecidas—. Porque puestas a rescatar retazos de lo vivido, las palabras semejan débiles remedos que jamás alcanzan a transmitir el exacto sentido de lo que fue. Pese a todo, procuraré en lo que sigue rememorar al hombre y traer así al presente, de la manera más eficaz posible, unos pocos instantes de los muchos que conformaron una amistad de más de tres décadas.
                         
Inicios
 
Jorge Lafforgue arribó a las aulas de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad Nacional de Lomas de Zamora hacia septiembre de 1987. Por ese entonces, la todavía flamante carrera de Letras se encontraba en una de esas encrucijadas que suelen determinar los cambios de plan de estudio (se trataba del tercero a partir del original de 1983). Una de las novedades —gran novedad— residía en la cuatrimestralización de las asignaturas (inicialmente eran anuales); otra, en la apertura de Literatura Latinoamericana. Fue así que, al arrancar la segunda parte de aquel año, de la Secretaría Académica se nos comunicó que una de las personas más calificadas en ese campo se haría cargo del dictado de la mencionada cátedra.
 
Llegado el día, Jorge entró en el aula escudado tras unos espesos lentes de marco grueso. Nos presentó un programa pleno de obras esenciales de la literatura latinoamericana del siglo XX. Jueves a jueves lo fuimos conociendo. Tenía una forma particularísima de dar clase. Desestructurado, abierto, dialogal, su proceder perseguía constante la obtención de un punto de vista fundamentado acerca del objeto de estudio en cuestión por parte de los alumnos. Una vez nos trajo unos gruesos volúmenes de tamaño considerable: se trataba de los dos tomos de las Obras Completas de Pablo Neruda publicadas por la editorial Losada en 1967. Ese día nos leyó, con su voz de bajo, lenta y modulada, el extraordinario “Galope muerto”, poema cardinal de Residencia en la tierra. Terminada la clase, nos acercamos con Eduardo Blanco, entonces condiscípulo y todavía amigo, y desciframos, deslumbrados, la portadilla del primero de esos tomos: allí se lucía, en tinta verde y cuidada caligrafía, una extensa dedicatoria de puño y letra del premio Nobel chileno a nuestro flamante profesor. Mejor presentación que esa, imposible.
 
 
 
Libros
 
Al concluir aquella primera cursada, Jorge nos solicitó que para rendir el examen final redactáramos una monografía sobre alguno de los temas tratados. Personalmente, opté por escribir un trabajo sobre varios cuentos de Horacio Quiroga. Esa breve monografía le gustó mucho y fue, al cabo, el pasaporte para ingresar a la cátedra al año siguiente.
 
Del primer cuatrimestre a su lado no es mucho lo que recuerdo. Sí que, una vez finalizado el curso, me citó en Rawson 17, a metros de la Avenida Rivadavia, entre los barrios porteños de Almagro y Caballito. Allí funcionaba primigeniamente la editorial Legasa (fundada en San Sebastián en 1979 y afincada en Buenos Aires y en México en 1981). Lafforgue, quien cargaba con una trayectoria ya extensa y distinguida en ese campo (se había desempeñado en Losada, primero, y Centro Editor de América Latina, después) desplegaba allí la labor propia de un editor de sesgo verdaderamente disruptivo, que por supuesto yo, en ese momento, ignoraba.
 
La oficina que ocupaba, al fondo de una serie interminable de pasillos, se hallaba íntegramente revestida de altísimos anaqueles atestados de libros. Un verdadero paraíso coronado por una foto en blanco y negro de Roberto Arlt. Jorge me recibió afable, charlamos un rato y, luego, me entregó una caja de cartón bien embalada y repleta de textos, todos del sello que comandaba: “Por la mano que me diste”. Esos volúmenes, que todavía atesoro, testimonian en lo personal el punto de arranque de la que sería una larga amistad y, en lo general, un momento irrepetible del campo cultural argentino (aquel signado por las postrimerías de la dictadura y la transición democrática), que tuvo en Lafforgue a uno de sus principales hacedores.
 
Generosidad
 
Hacia 1990, Legasa se mudó a la calle Talcahuano, a metros de la Plaza Lavalle, en el barrio de Tribunales. Afecto a las ‘luces del Centro’ como era, Jorge estaba muy contento con el cambio. A principios de 1991 lo visité allí. Entonces me obsequió un reciente ejemplar de una cuidada antología de relatos de Horacio Quiroga que había preparado para la acreditada editorial Castalia, de Madrid: Los desterrados y otros textos (el N°185 de la colección Clásicos Castalia). “Andá a la página 90 y fíjate en la nota al pie”, me dijo juguetón. Lo hice en ese mismo momento: vi atónito la extensísima nota que ocupa la casi totalidad de la hoja. En ella, Jorge glosa (y mejora) los puntos esenciales de aquella monografía con la que yo había aprobado Literatura Latinoamericana tres años antes. Ese gesto lo pinta de cuerpo entero: a él y a su generosidad; ¿qué distinguido especialista de la talla de nuestro profesor —me pregunto— incluiría en un estudio preliminar para una edición prestigiosísima como las de Castalia la pormenorizada mención al ignorado escrito de un también ignoto alumno? No creo que abunden, por cierto.
 
El hecho no quedó ahí: el investigador uruguayo Pablo Rocca, uno de los mayores expertos en la obra del autor de Cuentos de amor de locura y de muerte y gran amigo de Lafforgue, comenzó a solicitarle que le mande una copia del texto comentado en esa dichosa nota 30. Un pedido difícil de satisfacer, ya que el mismo jamás había sido publicado. Como las acometidas charrúas no cejaban, le propuse a Jorge que lo más conveniente sería echar a correr de manera solapada la versión de que, a la manera de ciertas bibliografías borgeanas, el artículo en cuestión constituía una pura invención. Desalentado, Rocca cesó en sus reclamos. A Lafforgue estas cosas, parece, lo divertían sobremanera.
 
Fotos
 
Recientemente la hija mayor de Jorge, Irene, ha posteado en redes una serie de fotografías familiares que lo tienen como centro y abarcan, aproximadamente, el lapso de unos cuarenta o cuarenta y cinco años. Las primeras, calculo, datan de mediados de los setenta. Las últimas, de pocos meses e, incluso, días antes de su muerte. Lo atrayente de ellas es que no retratan al editor ni al profesor ni al escritor, sino al padre.
 
Ahora quisiera detenerme en esas tres o cuatro fotos del final. En ellas la declinación física resulta evidente. Sin embargo, perdura en esas imágenes la misma mirada de siempre: aquella dotada de un brillo agudo, con una pertinaz chispa de ironía, algo ingenuamente astuta, de continuo ocurrente. Pienso: mientras se sigue siendo, la mirada permanece invariable y se sobrepone a la decadencia del cuerpo. La mirada seguía siendo Jorge, el que conocí hace ya tanto; hasta el final, él mismo.
 
Charlas
 
Mencioné que fueron, a lo largo de más de treinta años, sumadas, innumerables las horas dedicadas a departir sobre los más variados temas. Primero era él quien hablaba. Luego, de a poco —la juventud es tímida—, empecé a hacer preguntas; por último, surgió el diálogo en toda su dimensión. Quiroga, Borges, Onetti, Rulfo, Monterroso, Ribeyro, Felisberto Hernández habitualmente nos acompañaban. Jorge era un extraordinario conversador. En él, la anécdota jugosa y el dato certero confluían con la interpretación perspicaz, lúcida.
 
No puedo dejar de referir, por ejemplo, sus recuerdos de Jorge Luis Borges. Si bien Lafforgue lo había frecuentado en varias oportunidades, fue en 1975 cuando se trataron estrechamente en el marco del Primer Certamen Latinoamericano de Cuentos Policiales Siete Días (un célebre concurso organizado por el entonces prestigioso semanario capitalino, del que Lafforgue fue coordinador, Borges, Marco Denevi y Augusto Roa Bastos integraron el jurado y el texto ganador, luego de arduos y prolongados debates, terminó siendo “La loca y el relato del crimen”, de Ricardo Piglia). Asimismo, a fines de esa década o comienzos de la siguiente Jorge ofició de amanuense de Borges en el armado de una inevitable antología de las poesías de Leopoldo Lugones, seleccionadas y prologadas por el último, que Lafforgue reeditaría algunos años después (Antología poética. Introducción y selección de J.L.B. Bs. As., Alianza, 1994).
 
Como sea, de las visitas que nuestro amigo hizo al departamento del ilustre escritor en la calle Maipú, gustaba recordar sobre todo dos cosas: primero, que era verdad que el viejo poseía muy pocos libros en su biblioteca (unos cien o poco más y ninguno de los que él había publicado); segundo, que efectivamente poseía una memoria prodigiosa: era capaz de recitar sin hesitaciones larguísimas rachas de versos lugonianos (lo que no es poco). Una imperdible pintura de estos encuentros (donde se conjugan el estilo propio del nuevo periodismo con certeras indicaciones acerca de la literatura borgeana) se titula “El día que Borges cumplió 76 años”, bellísimo testimonio de prensa cultural firmado por Lafforgue en las páginas de Siete Días Ilustrados el 29 de agosto de 1975 al que hoy, felizmente, podemos acceder gracias a ese inagotable archivo llamado Internet (Cfr. la página Borges todo el año, en la entrada “Borges por otros”).
 
A propósito, no me olvido de cierta ocasión cuando, sentados en la soledad de un aula lomense, Jorge me hizo ver que si bien Borges es un escritor minucioso, en extremo cerebral y sus relatos semejan exquisitos mecanismos donde cada palabra ha sido pensada y, en consecuencia, no les falta ni sobra nada; palpita en ellos, sin embargo, algo más: una cualidad recóndita, difícil de precisar; un latido humano, quizá. O el destello de una emoción del que carecen los textos de otros cultores de la perfección formal (como los su amigo Bioy Casares, agregaba crítico). Esta conjunción —redondeó— determina que los cuentos de Borges sean lo que son: inigualables.
 
Hace más o menos tres o cuatro años, en una de las últimas charlas que tuvimos ‘cara a cara’ en el Sala de Profesores de nuestra Facultad, me comentó que en la Universidad de Roma La Sapienza estaban organizando un encuentro internacional dedicado a la obra de Borges y que lo habían invitado a participar (todo pago, por supuesto). “¡Me imagino que habrá aceptado!”, le solté. “Les dije que no. ¿Qué puedo hablar yo de Borges?”, cerró lacónico.
 
Circunspección
 
Reacio a toda clase de galardón o reconocimiento, Lafforgue practicaba una suerte de involuntario recato. Por las mismas fechas de la anécdota anterior, el dilecto Oscar Conde —helenista, latinista, lunfardista y tanguista de pareja excelencia, como así también recordado profesor de griego de nuestra carrera de Letras por la época en que Lafforgue ingresó a ella— me comentó qué me parecía invitar a Jorge a la Universidad Nacional de Lanús a una especie de Jornada Homenaje. Su idea, a grandes rasgos, consistía en exponer la trayectoria del agasajado frente al público invitado para, luego, proponerle dos o tres temas de su interés a fin de que los desarrolle; por último, invitaríamos a los asistentes a efectuar sus propias preguntas. Al punto, le respondí a Conde que el plan me parecía excelente, que contara conmigo y que me ocuparía de comentarle a Jorge la propuesta, cosa que hice sin demora.
 
Ante mí, el potencial homenajeado fruncía el ceño en silencio y gradual a medida que yo le exponía el proyecto. Cuando hube concluido, me miró largos instantes fija y seriamente. Su respuesta: “Déjense de joder”. Obviamente, a Oscar le traduje lo más bella e infielmente que pude esas terminantes palabras.
 
Charlas/2
 
Hablando del pasado, una vez me contó que en la segunda mitad de los años setenta (época en la que, económicamente hablando, “andaba galgueando”) había calificado para cubrir un puesto de profesor en una conocida universidad capitalina de gestión privada. Cuando estaba a punto de comenzar, fue citado por el rector, quien amablemente le explicó que la propuesta laboral no iba a poder concretarse pues, se justificó, Jorge se hallaba caratulado en los archivos del servicio de inteligencia estatal (a los que, por lo visto, el rector en cuestión tenía acceso) bajo el rótulo de ‘maoísta’. Si alguna vez lo fue, puedo dar fe de que el hombre que yo conocí distaba varios años luz de pertenecer a esa dudosa categoría.
 
Aproveché la anécdota para preguntarle por su viaje a la China en la década del sesenta y sus clases en la Universidad de Pekín. Como siempre, le restó toda importancia a este último hecho y se escapó por la tangente. Me contó detalladamente, eso sí, que estando allí pudo recorrer diversos puntos de ese casi infinito país. Y que, en cierta oportunidad, había llegado muy al norte, a lo que él creía que era la frontera con Mongolia e, incluso, “es muy probable que ya estuviera en territorio mongol”. Me habló de una llanura inconmensurable, desértica y ventosa, habitada por pastores nómades, hospitalarios y parcos; de carpas polvorientas en mitad de una noche estrellada, profunda, y de “un frío insoportable, un frío como nunca sentí”, que solo podía ser combatido mediante la ingestión de una infusión espesa y muy fuerte: “Una especie de té renegrido y sumamente caliente al que los tipos le agregaban trozos de una grasa o manteca amarilla, densa y amarga, para que se derritiera. Te tomabas esa bebida, de sabor espantoso, y el frío desaparecía casi de inmediato”.
 
A través de sus palabras, yo divisé sin dificultad esa nocturna pampa pedregosa barrida por el viento helado y cercada de remotos cordones montañosos. Cuando terminó, le dije: “¿Se da cuenta? Usted sí puede decir que estuvo en el desierto de los tártaros”. Nos reímos de esa broma casi privada. La estupenda novela de Dino Buzzati se encontraba entre sus preferidas.
 
Clases
 
Los primeros años compartíamos las clases. Quiero decir que estas adoptaban una modalidad sumamente insólita. “¿Tenés rollo para hoy?”, solía preguntarme antes de entrar al aula; “Sí, según el programa, nos toca hablar de…”; “Bueno, entonces largá vos”. Y yo largaba. Eso sí, en un momento dado llegaba la acotación. Sus intervenciones podían durar un minuto, cinco, media hora o, directamente, el resto de la clase. Esa curiosa sociedad constituyó una de las experiencias más gratas de mi vida universitaria. Lo veo ahí sentado, junto a los alumnos, rectificando alguna apresurada aserción mía o exponiendo pausado tal o cual tema.
 
Una vez estaba sentado en primera fila y comenzó a desarrollar una de esas glosas que se dilató por largos minutos. Al terminar, cuando salíamos del aula, le dije: “¿Se dio cuenta de que dio la clase de espaldas a los alumnos? Debe ser la primera vez que algo así ocurre en la historia de la educación”. Con una giño cómplice respondió: “Como la misa antes del Segundo Concilio Vaticano”.
 
Clases/2
 
En otra oportunidad, hace ya muchos años, me previno: “Hoy dejame empezar a mí”. Aquella clase, a la que denominó “La red borgeana”, jamás la olvidé. Se trataba de una tesis muy suya: una cofradía de narradores latinoamericanos (algunos casi secretos), de diferentes épocas y latitudes, pero ligados por una marcada inclinación hacia el género fantástico, el sesgo universalista y el cultivo de la brevedad; además, tributarios de Franz Kafka, Giovanni Papini y Marcel Schwob. Dicha sociedad se halla integrada por Borges en primer término, por supuesto, pero también Julio Torri (al que conocí ese día), Felisberto Hernández, Juan Emar, Augusto Monterroso, Juan José Arreola y algunos otros que ahora se me escapan. A este grupo (no me quedó muy claro en ese momento por qué; ahora creo que sí), vinculaba el nombre (o seudónimo) del enigmático B. Traven, nacido presuntamente en Alemania (o bien en Chicago) hacia 1882; afincado en México desde 1924; autor de la novela El tesoro de la Sierra Madre (1927); amigo de Tina Modotti, Frida Kahlo, Diego Rivera, David Alfaro Siqueiros y Edward Weston (el fotógrafo norteamericano aliado del estridentismo); fallecido en 1969 en el Distrito Federal y quien antes que un escritor alemán emigrado a México, prefería ser considerado un escritor mexicano nacido en Alemania. Recuerdo un esquema muy ilustrativo que Jorge diagramó esmerado en el pizarrón, copié puntual en su momento y, lamentablemente, he perdido. Durante años lo insté a que redactara un artículo acerca de esta interesantísima cuestión. Que yo sepa, jamás me hizo caso.
 
Charlas/3
 
A finales de septiembre o principios de octubre de 2021 conversamos telefónicamente como lo veníamos haciendo, de manera más o menos regular, desde 2019. Los meses previos habían sido para él sumamente complicados en materia de salud; sin embargo, después de mediados de año parecía haber repuntado considerablemente. La voz seguía siendo la misma, si bien algo fatigada. El ánimo, vivaz y jocoso (idéntico al que siempre tuvo conmigo). Le comenté las novedades de la cátedra y, como de costumbre, me mandó saludos para la gente de la Facultad de Ciencias Sociales que tanto apreciaba. Así hasta que, inesperado y con un dejo de abatimiento, me dijo: “No te das una idea de lo que es la vejez; la vejez, mi querido Guillermito, es algo terrible”. “Puedo imaginarlo”, le respondí serio. “No, no te lo podés imaginar”. Noté que su voz se quebraba y no supe que responderle. Apenas balbuceé que no aflojara, que tomara nota de nuestro admirado Clint Eastwood, quien justo por esos días, con noventa y un años, estrenaba su última película. Comprendí que estaba cansado. Reacio como era Jorge a todo tipo de sentimentalismo, vislumbré en esas palabras una forma de despedida, esta vez sí, definitiva. He olvidado de qué modo concluyó nuestro último diálogo.
 
Origen y fin
 
Nora Dottori, la mujer con quien se acompañaron por más de cincuenta años, me cuenta que, en los días finales, inmóvil en un sillón, Jorge se sumía silencioso durante largas horas en evocaciones muy lejanas de la infancia y la adolescencia en ese sur, también lejano, en el que había nacido.
 
Recordé entonces que él había escrito:
 
“Nací en una región de lagos, bosques y montañas, una de las más bellas de los Andes patagónicos. De niño volví a Esquel año tras año para confirmar que el Paraíso se hallaba sobre la tierra”.
 
Y también esto:
 
“En Los Radales, la estancia de mis abuelos que el río Futaleufú rodeaba, rodeado yo por el cariño de mis mayores solía recoger hongos, cerezas y frutillas, tender trampas a las liebres patagónicas, contemplar el geométrico vuelo de las golondrinas, aventar patos salvajes de escondidas lagunas, trabajar en la huerta largas horas e ir en pelo a campo traviesa. Mi compañero de tales correrías, experimentado jinete que me enseñó a montar y subir a los cerros, fue el hijo de la cocinera tehuelche a quien mi abuelo había bautizado con el nombre del personaje de un libro que admiraba, Mowgli, hermano de los lobos”.
 
Curiosamente —o no—, el texto del que extraigo estos espléndidos fragmentos se titula “La lengua” (se lo puede leer en Cartografía personal. Escritos y escritores de América latina. Bs. As., Taurus, 2005, p. 411) y en él se conjugan la tierra nativa, la memoria y la propia identidad fundadas primero en el paisaje, en la literatura después y, por último, en el tenue elemento del que estamos hechos, el lenguaje: “Ese universo luminoso y oscuro, real y fantástico, fue absorbido entonces por mis ojos, mi piel, mis manos, y seguramente ha marcado los pasos que luego he dado por el mundo”. Un mundo, especifica el autor, conformado a partir de “una música entrañable: no sólo la de los sonidos del viento y los pájaros sino la surgida de un lenguaje” que, “lo supe siempre, era el que encontraría en Cervantes y Borges, en Cernuda y Vallejo, en Rulfo y Puig; era el lenguaje de los libros pero antes el de la vida real”.
 
Esa amalgama de voces habría de cristalizar en una indefinible “música impar de muchos y mía”. Por eso, concluye, “yo prefiero no hablar, cerrar los ojos y recuperar aquellos momentos de mi infancia: sonidos y silencio”.
 
Releo lo anterior y no puedo no sonreír con añoranza: también yo, entonces, elijo cerrar los ojos, guardar silencio e imaginarlo allí, querido Jorge, para siempre en ese originario Paraíso personal que jamás pudo ni quiso abandonar del todo.
 
Non omnis moriar.
 
                                                                                              Guillermo García
                                                                                               Profesor Adjunto
                                                                                   Literatura Latinoamericana I y II
 
 

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